Te ensalza con piropos el poeta.
Te declama expectante sus canciones
a tal punto que ya no eres discreta
y, por norma, seduces corazones.
Conocedor de tu inmortal receta,
para hablarte me sobran las razones.
Te ruego endulces la acritud que veta
a un pecho los latidos con perdones.
¡Rosa que te emparejas con el viento!,
apelo a tu semántica tan breve:
tu cáliz que cimbrea la mañana,
para que al corazón querido lleve
sólo una estrofa en sílabas de grana
y le transfiera mi arrepentimiento.
(Derechos de autor)


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